Sexualidad y diversidad funcional son ejes fundamentales para comprender cómo las personas con diversidad funcional (PCDF) viven, aprenden y ejercen sus derechos. En este artículo se desmontan mitos, se explican conceptos clave y se comparten apoyos prácticos para favorecer una vida sexual digna, informada y respetuosa con el enfoque de derechos.
El tema de la diversidad ha tenido un auge bastante significativo en los últimos años; encontramos de todo tipo: religiosa, política, sexual, etc., lo cual nos lleva a pensar como sociedad y como individuos inmersos en ella el recorrido, adaptación y cambios necesarios para cada vez aceptar más este concepto en nuestra cotidianidad. Dichos cambios han permitido que poblaciones a las que llamamos “minorías” contemplen una ideología y se sientan aceptados por esta en pro de convivir en sociedad y ser aceptados como tal; minorías como la población LGBTIQ, población indígena y afrocolombiana, población en condición de discapacidad y disfuncionalidad, siendo esta última la que nos concierne en este trabajo.
Actualmente, los avances científicos y tecnológicos han permitido a las PCDF o personas en condición de discapacidad, una mejora en su calidad de vida en temas como funcionalidad cotidiana, desplazamiento, infraestructura, ayuda terapéutica, entre otros (Gil-Llario et al., 2020); sin embargo, y todavía siendo un tema tabú entre la sociedad, los avances y las investigaciones en temas de sexualidad frente a las PCDF han tenido pocos frutos en cuanto a la aplicación, inmersión y mitigación.
Es por ello que este artículo busca que las PCDF o cualquier persona interesada en el tema tenga una visión más objetiva sobre la sexualidad en esta población, además de fragmentar pensamientos, mitos y prejuicios dados a través del tiempo y que afectan la integridad de las PCDF. El poder investigar y brindar información sobre esta temática, permitiría, de manera interdisciplinar, integrar a las PCDF para que tengan una vida sexual más digna, observando herramientas integrales para la comprensión de su condición y así poder gozar de mayor independencia en este ámbito y un desarrollo idóneo a través de redes de apoyo (Almario, 2016).
A pesar de que este artículo va dirigido a la población en general, busca llegar a los funcionarios en salud, familias, cuidadores y PCDF que quieran conocer más a profundidad sobre la vivencia y el desarrollo de la sexualidad en personas con algún tipo de limitación física, sensorial o cognitiva. Con ello se lograría generar conciencia social y empatía frente a la temática, se ampliaría el conocimiento y se romperían las creencias cimentadas con el tiempo.
Para esto, como aclaran Gil-Llario et al. (2020), si bien el personal en salud recibe formación en el cuidado y tratamiento de esta población, pocos de ellos consideran el área sexual como una esfera importante dentro de la estructura de estos individuos; por tal motivo, es esencial que el personal en salud sea capaz de incluir dentro de sus planes de atención, intervención y tratamiento la educación sexual dirigida exclusivamente al individuo, ya que cada uno de ellos tiene una limitación completamente diferente que va a cambiar la forma en la cual él o ella expresa, experimenta y desarrolla su sexualidad.
De igual forma, es necesario fortalecer las dinámicas de la educación sexual impartida a las PCDF y a la sociedad en general, tanto desde el hogar como en las instituciones educativas, para que así puedan proporcionar información objetiva y acorde a su condición, brindando una guía acerca de ciertas herramientas que puedan facilitar su interacción sexual consigo mismos o con otras personas, poderlas aplicar y lograr desmitificar aquellos prejuicios alrededor de su dimensión sexual.
Por otra parte, las familias, redes de apoyo y cuidadores podrán, en un primer momento, comprender la importancia que tiene esta área de ajuste en todas las personas, en especial en las PCDF; puesto que, como afirma Almario (2016), sus familiares, amigos, conocidos, entre otros, pueden orientar, asesorar, capacitar y brindar herramientas a su ser querido para que pueda disfrutar plenamente de su sexualidad.
Adicionalmente, las PCDF se verían ampliamente beneficiadas con la información aquí planteada, puesto que es imprescindible que ellos aprendan a conocerse en esta área, partiendo desde su identidad de género, identidad sexual, orientación sexual, entre otros factores, y así puedan disfrutar plenamente de los actos sexuales en solitario, en pareja o en grupo, siempre dependiendo de sus gustos o preferencias.
Por último, la psicología, la psicosexología y la sexología verán enriquecida su base teórica frente a la sexualidad en PCDF, brindando herramientas útiles para la comprensión, atención y orientación de esta población, ofreciendo así un plan de intervención eficiente y efectivo que les permita, tanto al individuo como a su red de apoyo, comprender las posibilidades que tiene esta persona para vivir plenamente su sexualidad con relación a sus limitaciones físicas, sensoriales o cognitivas (Gil-Llario et al., 2020).
En cuanto al desarrollo, se tiene como objetivo indagar y profundizar sobre la sexualidad en PCDF para tener un panorama más específico sobre el abordaje que se ha generado en los últimos cinco años y qué conclusiones nos ha aportado la ciencia; la idea es indagar y tener una aproximación sobre algunos conceptos clave de la temática, las investigaciones e información encontrada.
Sexualidad: conceptos clave
El primer aspecto para analizar es el concepto de sexualidad, el cual está inmerso en un sinfín de definiciones que responden directamente a las dinámicas sociales propias de contextos culturales específicos; en Occidente es común encontrar que gran parte de la población asocia la sexualidad a “hablar de relaciones sexuales”, “hablar de sexo”, “hacer el amor”, es decir, hablar de relaciones sexuales coitales o penetrativas. En estos casos, reducimos la sexualidad a lo que “hacen” las personas con sus genitales, es decir, a la genitalidad (Vargas-Trujillo, 2013, p.1).
Si bien, la conducta sexual es uno de los elementos que componen la sexualidad, no lo es todo, e incluso se podría considerar como un factor que deviene de la apropiación del sujeto de su sexo, identidad sexual, género, identidad de género, orientación sexual, entre otros factores.
Definición de sexualidad (OMS)
En este orden de ideas, es válido entender este concepto desde distintos puntos de vista; por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2018) define la sexualidad como:
Un aspecto central del ser humano que está presente a lo largo de su vida. Abarca el sexo, las identidades y los roles de género, la orientación sexual, el erotismo, el placer, la intimidad y la reproducción. Se siente y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, comportamientos, prácticas, roles y relaciones. Si bien la sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, no todas ellas se experimentan o expresan siempre. La sexualidad está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales. (p. 3)
No obstante, este concepto se desarrolla en las distintas sociedades a partir de relatos culturales e históricos que responden a los argumentos morales, las realidades, las conductas sexuales y las transgresiones de los paradigmas co-construidos por cada sociedad, puesto que se busca definir un estándar de comportamientos y expectativas alrededor del desarrollo de la sexualidad de los integrantes de dichas comunidades (Comas, 2016).
Derechos sexuales y reproductivos
Por otra parte, hitos a través de la historia, como lo es la revolución sexual, han permitido vislumbrar los Derechos Humanos Sexuales y Reproductivos como una necesidad universal, es decir, una necesidad de todos los individuos (Vargas-Trujillo, 2013), dotándolos de autonomía para decidir sobre su cuerpo y su sexualidad, eligiendo libremente su sexo, identidad sexual, género, identidad de género y orientación sexual, así como su decisión de mantener o no actividad sexual.
Frente a lo anterior y con el fin de conceptualizar, el sexo es definido por la OMS (2018) como “las características biológicas que definen a los seres humanos como hombre o mujer” (p.3); es decir, de sus diferencias genéticas, hormonales, anatómicas y fisiológicas que son producto de la diferenciación sexual. En el momento del nacimiento se define el sexo de asignación a partir del “dimorfismo sexual aparente (tener pene y testículos o vulva y vagina) […] personas que podemos denominar intersexuales o andróginas, en tanto que presentan ambigüedades o inconsistencias entre los aspectos […] que determinan el sexo” (Vargas-Trujillo, 2013, p.10). A partir de este se determina el sexo de crianza, el cual:
Define las experiencias ambientales a las que se enfrenta la persona desde el nacimiento, es decir, es el que se tiene en cuenta en el proceso de socialización sexual, el cual nos permite a los seres humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, permanecer en un continuo aprendizaje de lo que somos sexualmente, de lo que se espera de nosotros como hombres o como mujeres y de lo que es deseable hacer, por pertenecer a un sexo u otro. (Vargas-Trujillo, 2013, p. 11)
Ligado a esto se encuentra el rol de género, definido como las normas y expectativas que se tienen para hombres y mujeres que la persona adquiere desde su nacimiento arbitrariamente. Frente a esto, se afirma que el género es entendido como “los atributos que social, histórica, cultural, económica, política y geográficamente, entre otros, han sido asignados a los hombres y a las mujeres” (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación [CONAPRED], 2016). Siendo así el género:
Una construcción social, sus características son específicas de cada cultura, cambian con el tiempo y las aprendemos al interactuar con los otros miembros de la sociedad. Las características de género incluyen las normas, las responsabilidades, las obligaciones, los privilegios, las oportunidades, las cualidades y los comportamientos que en una sociedad se han definido como deseables para los hombres (características masculinas) y para las mujeres (características femeninas). (Vargas-Trujillo, 2013, p. 12-13)
Con la adolescencia, aparece el concepto de orientación sexual, relacionada con la atracción erótica, romántica o sexual hacia otras personas; es decir:
Lo que a uno le interesa o atrae preferentemente. Está determinada por el sexo de las personas hacia las cuales uno se siente particularmente interesado y atraído física o emocionalmente. Puede ser homosexual (interés y atracción por personas del mismo sexo), heterosexual (interés y atracción por personas del otro sexo), bisexual (interés y atracción por personas tanto del mismo sexo como del otro sexo), asexual (ningún interés afectivo o sexual). (Vargas-Trujillo, 2013, p. 23)
Por último, las prácticas sexuales “son actos de intimidad entre seres que se sienten atraídos y han decidido expresarlo a través de caricias, abrazos, besos, juegos eróticos, bailes, fantasías sexuales, que provocan excitación y que pueden llevar a alcanzar el orgasmo” (Defensoría del Pueblo, 2013, p. 8). Dentro de estos se encuentran actos como la masturbación, el sexo oral, la penetración, el sexo anal, entre otros.
Diversidad funcional
Deficiencia vs. discapacidad
La diversidad funcional nace de la necesidad de reevaluar el concepto de discapacidad; frente a esto, la OMS hace:
La diferenciación entre deficiencia (impairment) y discapacidad (disability): considera que la deficiencia es una anomalía o anormalidad en las funciones o estructuras corporales que dificulta o impide realizar acciones que se consideran valiosas (tal como defiende el paradigma médico), y la discapacidad, la interacción de esta deficiencia con el mundo (tal como defiende el paradigma social), de tal manera que una misma deficiencia puede convertirse o no en una discapacidad, o puede serlo en distinto grado, según en quién y dónde se dé. (Canimas, 2015, p. 81)
En este mismo sentido, Canimas (2015) afirma que se debe revaluar el porqué tener una deficiencia física, sensorial, intelectual o del desarrollo se convierte en una situación no deseada que posibilita la discriminación, así como la invisibilización y vulneración de los derechos fundamentales de las Personas con Diversidad Funcional (PCDF), amparado por las antiguas dinámicas sociales, contextuales y culturales e incluso por la implementación del lenguaje, el cual convierte la “deficiencia” en su identidad a pesar de que esta no desee describirse como tal.
Para hacer esta transformación en pro de la inclusión de esta población es necesario establecer la relación que las personas tienen a partir de su singularidad con el mundo, comprender sus necesidades y reconocerlas como sujetos de derechos, garantizando así una relación recíproca entre la sociedad y las PCDF; esto con el fin de brindar un apoyo centrado en el empoderamiento y la participación de estas en distintos contextos (Córdoba et al., 2019).
Por tal motivo, se abre la brecha a considerar estos funcionamientos que “salen de la curva de normalidad” a la luz de la diversidad, es decir, la comprensión y aceptación de la singularidad de esta población que le permite replantearse la realidad de una forma diferente a la que la mayor parte de la sociedad está acostumbrada (Canimas, 2015).
Tipologías: física, sensorial e intelectual
Ahora bien, es válido afirmar que este tema de la diversidad funcional, dentro de su contextualización, contiene un amplio espectro de definiciones y tipologías; sin embargo, este trabajo se centrará en tres principales (física, sensorial y cognitiva), que, si bien no abarca todo este fenómeno, son las que más se presentan dentro de las PCDF.
Frente a la diversidad funcional física o:
Discapacidad física motora: es el tipo de discapacidad que presenta alguna alteración en el aparato locomotor, como los trastornos del movimiento, debido a una alteración del funcionamiento en los sistemas osteoarticular, muscular y nervioso. Limita en distintos grados algunas o todas las actividades de la persona afectada. (Ministerio de Educación, 2013, p. 28)
Si se observa detenidamente esta definición, la limitación que se da en las distintas dimensiones es bastante significativa y puede llegar a niveles de afectación tanto emocionales como racionales; en esta oportunidad, se ahondará sobre dichas afectaciones o limitaciones en la dimensión sexual de las PCDF. Como afirman Ponsa et al. (2018), existen ciertos grupos de riesgo social, como pueden ser las personas con discapacidad/diversidad funcional que, debido a ciertos estereotipos sexuales negativos existentes en la sociedad, quedan excluidas de una vida sexual saludable. “Las consecuencias psicosociales de esta situación suelen tener efectos en su salud sexual más graves que la propia discapacidad” (p. 42).
Aunque es un tema que se desarrollará más adelante, es importante tener presente la existencia de la educación en salud sexual para las PCDF y para la sociedad en general, para así:
Conocer el grado de utilidad de la información sexual que disponen los sujetos con discapacidad, identificar cuáles son los temas de interés que en estos momentos no están suficientemente atendidos y detectar otros aspectos facilitadores, con el objetivo de mejorar los aspectos de su salud sexual (Ponsa et al., 2018, p. 45).
Por otra parte, y dentro del espectro físico, se trae a colación la diversidad funcional sensorial, que si bien no cuenta con la misma conceptualización, hace parte de las disfuncionalidades y estructuras involucradas donde se origina la discapacidad. Según Romero y Urrego (2015), este tipo de diversidad “consiste en una disminución de la percepción sensitiva de alguno de los sentidos o la carencia de esta, en el caso de la visión (ceguera y baja visión), la audición, y en algunas personas se presentan ambas (sordo – ciegas)” (p. 31).
En cuanto a la diversidad funcional intelectual, Peredo (2016) afirma que “es una discapacidad caracterizada por limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual y en la conducta adaptativa, tal como se ha manifestado en habilidades adaptativas conceptuales, sociales y prácticas” (p. 109).
Es evidente que al discapacitado intelectual no se le reconocen muchos aspectos de su sexualidad, se le priva de muchas cosas, no es reconocido en sus necesidades porque las manifestaciones eróticas son percibidas como anormalidades o son fuentes de preocupación y de alarma para los padres/madres que se llenan de culpabilidad y ansiedad. Es por ello que, como lo afirma Caricote (2012):
«…ponerse al día es una necesidad, en el sentido de tener una visión dinámica e integradora donde se sume la rehabilitación global y la plena socialización; donde el discapacitado intelectual esté entre nosotros y la sociedad, llámese escuela, el mundo del trabajo, los servicios sociosanitarios. (p. 398)
Así, a pesar de las circunstancias y avances poco relevantes para mejorar la condición de su salud sexual, progresivamente se vienen rompiendo estas barreras para convertirse en objeto de discusión pública, tanto en el terreno científico como en lo social.
Prejuicios en la sexualidad de las personas con diversidad funcional
Mitos frecuentes y su impacto
Cuando hablamos sobre los mitos, prejuicios y estereotipos que surgen alrededor de la sexualidad de las PCDF, podemos encontrar, según Caricote (2012), que las creencias más populares circundan sobre la pérdida de la sexualidad y toda posibilidad de concebir un proyecto de vida individual y familiar. De igual forma, como afirma Rojas et al. (2015):
La ausencia de espacios en los que colectiva e individualmente se planteen los temas que preocupan a las personas con diversidad funcional en cada momento de sus trayectorias vitales ayuda a mantener creencias y mitos sobre esa dimensión en sus vidas. Es decir, refuerza la idea dominante de unos frente a otros, de una sexualidad válida y de sexualidades disidentes, reforzando un imaginario colectivo deficitario” (p. 51).
De igual forma, se ha llegado a pensar que esta población presenta una vida sexual diferente al resto de la población, “definidos por un apetito sexual grotesco y descontrolado, donde se señalan continuas demandas de afecto, fuertes emociones e impulsos sexuales y dificultad para el control, así como una tendencia a la promiscuidad sexual” (Losada & Muñiz, 2019, p. 10), negándose la oportunidad de elegir y tomar sus propias decisiones. Según Muñoz et al. (2016), esto se debe a que “la sociedad y principalmente las personas o familiares que se encuentran a cargo de ellos los consideran como eternos niños” (p. 1), evitando la oportunidad de satisfacer sus necesidades afectivas y sexuales.
Por otra parte, las creencias sociales frente a la diversidad funcional, como indica Campo (2003, como se citó en Castro et al., 2018), circundan en frases tales como:
No resultan atractivas para otras personas, son inocentes y no debe respetarse su interés sexual, no deben tener actividad sexual, no pueden formar pareja, ni casarse, no pueden, o no deben tener hijos o la educación sexual despierta su sexualidad inocente y dormida. (p. 75)
Lo que lleva a afirmar que las creencias han desdibujado y vulnerado los derechos sexuales y reproductivos de esta población, causando a lo largo de su vida, afectaciones en su salud mental y desarrollo biopsicosocial.
¿Cómo viven su sexualidad las personas con diversidad funcional?
Las PCDF se enfrentan a una serie de retos en el momento en el que empiezan a detallar sus necesidades sexuales; como se ha venido mencionando, dichos comportamientos comienzan a verse inicialmente en la adolescencia, etapa que no solo conlleva cambios físicos y psicológicos, sino también socioculturales.
Si bien, como mencionamos anteriormente, se reflejaron ciertas percepciones de los prejuicios frente a la sexualidad que pueden vivir las PCDF, el llevar a trasfondo sus vivencias implica tener en cuenta el desenvolvimiento en un ámbito de discriminación y tabús en la sexualidad, que se han ido construyendo en la sociedad a lo largo del tiempo. “Las personas con diversidad funcional se han visto, a lo largo del tiempo, privadas de satisfacer sus necesidades sexuales. El imaginario social los ha representado como seres asexuales por naturaleza” (Alonso & Muyor, 2020, p. 2).
Es evidente que, en las PCDF, el tema de la sexualidad suele no abordarse en sus contextos familiar y social. Ello ocurre por desinformación y por falta de voluntad de quienes integran dichos entornos, lo que favorece la construcción de una imagen distorsionada, negativa o falsa sobre el sexo y la sexualidad (Muñoz et al., 2016).
Esta invisibilización conduce a la inhibición de comportamientos en el ámbito sexual, ya sea por miedo al rechazo o por la ausencia de comunicación e información con bases objetivas.
En ese sentido, esta población se ve limitada en aspectos propios de su identidad y de la construcción de su personalidad: libertad de expresión, toma de decisiones, integridad y satisfacción de necesidades.
Como consecuencia, disminuye su autonomía y su libertad de elección frente a la sexualidad. Se les considera erróneamente seres asexuados y no siempre se les brinda la posibilidad de decidir sobre su rol de género, su orientación sexual o el deseo de mantener —o no— prácticas sexuales.
Garantías y derechos clave
Por lo anterior, es fundamental garantizar los derechos sexuales y reproductivos de las PCDF, con el que fin de que puedan:
Recibir una preparación como adulto responsable con garantía de calidad de vida, protección contra abusos sexuales, que expresen sus impulsos sexuales y que estos sean socialmente aceptados de la misma manera que se hace con las demás personas, que su cuerpo no sea objeto de maltrato y su sexualidad no se use como forma de explotación, así como la información que se le brinde por padres y maestros le sea dada de forma coherente y respetando en todo momento sus necesidades específicas, que les permita hacerse responsables de su conducta sexual sin causar problemas a sí mismo o a otros (Muñoz et al., 2016, p. 1).
Así, tendrán una visual más aproximada sobre alternativas que permitan vivenciar su sexualidad de la mejor forma y descubrir su identidad sexual; estas alternativas se profundizarán en los siguientes apartados.
Acciones educativas
Al revisar los aportes presentados con anterioridad, se resaltan variables que influyen en el óptimo desarrollo de la sexualidad en las PCDF: percepción negativa por parte de la sociedad, creencias erróneas, mitos y prejuicios asociados a la sexualidad, entre otras.
Asimismo, persisten lagunas sobre cómo abordar la sexualidad en las PCDF, lo que incrementa los riesgos asociados a su práctica.
Téngase en cuenta que “las familias y el personal especializado muchas veces dedican más tiempo a la educación y rehabilitación en sentido general, pero no tanto a la educación de la sexualidad” (Muñoz et al., 2016, p. 1).
Por ello, algunas de las iniciativas que se podrían abordar, como lo afirma Muñoz et al. (2016), se encaminan en el:
Incremento de las acciones educativas sobre los beneficios del uso de los métodos anticonceptivos, promocionando el uso del preservativo por todas las ventajas que posee: evita los embarazos, disminuye el riesgo de las infecciones de transmisión sexual y evita el cáncer cérvico-uterino. Asimismo, señalar la necesidad de identificar cualquier manifestación de violencia doméstica debido a la vulnerabilidad que tiene esta población y hacer énfasis en el papel protagónico de la familia para abrir el diálogo oportuno (p. 1).
Herramientas para optimizar el acto sexual en las personas con diversidad funcional
Según Martínez (2020), es importante brindar un apoyo a las personas con discapacidad en su vida sexual, analizando la situación actual por la cual ellos se enfrentan a las personas que no respetan sus derechos sexuales y reproductivos, además de los prejuicios sociales que existen; por ello surge una “guía de recomendaciones para la sexualidad de personas con enfermedades neurodegenerativas” (p. 6), un material práctico e informativo sobre productos que ayudarán a mejorar la calidad de la sexualidad en las PCDF.
Guía práctica y consideraciones
En esta guía se puede evidenciar, en un primer momento, la presentación de manera general junto a sus objetivos y alcances; posteriormente se describen los productos de apoyo para la actividad sexual (qué son, consejos de uso, cuáles se encuentran, posicionamiento, adaptaciones necesarias, etc.); siguiente a este abordaje se hallan consideraciones para antes y después de la actividad sexual, y para finalizar, se analiza la fatiga que puede producir la actividad sexual y por qué es importante el abordaje de un terapeuta ocupacional (Martínez, 2020).
Dispositivos de estimulación
A continuación se hablará sobre algunas de las herramientas que permitirán facilitar la actividad sexual de las PCDF. Como primer ejemplo, encontramos el vibrador para el dedo; este “permite convertir los dedos en un vibrador. Generalmente, se trata de dispositivos muy pequeños, con una vibración suave” (Martínez, 2020, p. 12). Como indica Bucaramanga (2022), existen productos similares al mencionado anteriormente, que buscan brindar a la mujer con discapacidad funcional cierta independencia; es así como encontramos a Ila, un mecanismo de vibración controlado por el pie. El dispositivo tiene forma de silla, lo cual permite una mejor adaptación al cuerpo de la mujer.
Otra herramienta para la vida sexual son los vibradores para la lengua: “Tienen como función emitir una suave vibración o cosquilleo en cualquier área del cuerpo […] están recomendados para personas con poca movilidad, ya que no requiere los brazos” (Martínez, 2020, p. 13).
Posicionadores y movilidad
Por otra parte, afirma Martínez (2020) que cuando se hace referencia a las posiciones sexuales, se encuentran diversos productos como los cojines posicionadores, los cuales son cojines de espuma que permiten permanecer en una misma posición por un tiempo muy prolongado; está recomendado para personas con un buen control del tronco. Otro ejemplo de ellos es el IntimateRider, según Ortopedia Mimas (s.f) es un producto muy utilizado por parejas que presentaron alguna discapacidad física como una lesión medular; el producto fue diseñado en un inicio para personas tetrapléjicas y es muy fácil de utilizar.
Adaptaciones y accesibilidad
Con relación a lo anterior, es bien sabido que muchos de los productos mencionados, aunque están diseñados para esta población en específico, no se adaptan por completo a cada limitación; por ello, algunos productos, en la práctica sexual, pueden adaptarse y dar más cercanía a las necesidades de la persona; en este sentido, se encuentran los arneses para dispositivos, los cuales “se tratan de una especie de soporte que permite ajustarlo a cualquier parte del cuerpo o a otros elementos” (Martínez, 2020, p. 19). También se encuentran, como lo indica el autor, las muñequeras o agarres que fijan el objeto a las muñecas, evitando que este se deslice; es recomendado para aquellas personas sin fuerza muscular o falta de coordinación.
Por último, se encuentran los pulsadores, los cuales son adaptadores para los vibradores o productos eléctricos que requieran de una pulsación. Este se conforma por un botón en su extremo que permite oprimirse con el pie, la cabeza o con la parte del cuerpo en que la persona cuente con mayor movilidad (Martínez, 2020).
¿Cómo la psicología aporta al desarrollo de la sexualidad en personas con diversidad funcional?
Las PCDF, al igual que cualquier otro individuo, se consideran seres sexuados gracias a la valoración generada ante el sexo de asignación; sin embargo, la dimensión sexual se desarrolla a lo largo del ciclo vital. Frente a esto, es a partir de la adolescencia que surge la conducta sexual y se da lugar a un pensamiento más consciente del ámbito sexual, abriéndose a la búsqueda de oportunidades para vivenciar satisfactoriamente la sexualidad (Losada & Muñiz, 2019).
Actualmente, existen diferentes modelos científicos de intervención para mejorar el bienestar de las PCDF desde diversos campos de la medicina, terapia, rehabilitación, etc., que cuentan con énfasis de trabajo sobre la discapacidad en sí. Abordaremos a continuación, la influencia de la psicología y la psicosexología en la dimensión sexual de esta población.
Modelo conductista
Modelos existentes de la psicología se han adaptado para comprender el fenómeno de la diversidad funcional dentro de la dimensión sexual y han brindado una mirada más objetiva y eficiente frente al desarrollo de intervenciones que se centren en el óptimo funcionamiento de la sexualidad en las PCDF.
Como afirman Velázquez et al. (2013), uno de los modelos que se adapta a estas intervenciones es la psicología conductista en el uso del condicionamiento clásico y operante; los estudios utilizando estas técnicas abordan síntomas de dolor crónico, respuestas motoras y reflejas si la zona genital se ve afectada dentro de la diversidad funcional presentada. “Esto implica que las técnicas de la psicología conductista aplicadas a la diversidad funcional se enfocan en modificar el comportamiento sexual en relación con la discapacidad presentada, de manera que las emociones toman un segundo lugar en la intervención” (p. 91).
Siguiendo esta línea y como afirman Velázquez et al. (2013), desde la psicología social se desarrolló un modelo fundamentado en identificar la dependencia de una persona con diversidad funcional basado en la satisfacción de sus necesidades sexuales y no únicamente en la rehabilitación de su discapacidad. “El propósito del trabajo de la psicología social fue promover el uso de técnicas de intervención encaminadas a capacitar a las personas con diversidad funcional para que establezcan redes de apoyo sexual” (p. 91). Y es en este punto donde se da carta abierta al individuo con diversidad funcional para perseguir la posibilidad de obtener autoconfianza en sus capacidades, en llevar su diversidad a la adaptación del comportamiento sexual no solo en su misma población, sino abrirse a la sociedad en general.
Asistencia sexual: enfoques en debate
Con relación a lo mencionado y a lo propuesto por la psicología social, el enfoque de la psicosexología brinda una mirada no solo a la mejora de la conducta sexual a través del trabajo psico-físico-sexual, sino en esa mención social que hace partícipe la psicología social, la búsqueda de la asistencia sexual. Como mencionan Alonso y Muyor (2020), la asistencia sexual (AS) puede definirse como un “apoyo humano que ejerce una tercera persona para que la propia persona con diversidad funcional, y con grandes necesidades de apoyo generales y permanentes, pueda satisfacer sus necesidades sexuales” (p. 3). Independientemente de los otros modelos y sus implicaciones ético-legales, la AS pone en evidencia que la sexualidad en las PCDF ha sido, y es, una realidad invisibilizada.
Particularmente dentro de este enfoque y como afirman Alonso y Muyor (2020), existen distintos relatos a la hora de argumentar y/o justificar la influencia de la AS dentro de la dimensión sexual de las PCDF:
Existe un discurso arraigado al modelo médico que defiende la AS como forma de rehabilitación terapéutica. En esta perspectiva se problematiza la sexualidad de las personas con discapacidad desde la patología, el desorden, el trastorno o alteración psicofísica. El asistente actuaría como terapeuta para ayudar a la persona con diversidad funcional a superar los problemas de orden afectivo-sexual (p.4).
Mientras que, desde una perspectiva más social, se defiende la AS como un apoyo humano para garantizar el acceso y exploración al propio cuerpo del individuo, por lo que se podría afirmar que, en este caso, la AS no parte de una postura médica, sino más política, en sujeto de derechos:
Se trata de visibilizar el poder simbólico de lo sexual para politizar el derecho de las personas con diversidad funcional a una vida digna y plena en todos sus sentidos. Este planteamiento requiere superar la visión individual, asistencialista y terapéutica de lo sexual, para poner en valor el bienestar sexual que actualmente actúa como fuente de discriminación y opresión hacia el colectivo (Alonso y Muyor, 2020, p. 5).
Sexualidad y diversidad funcional: reflexiones finales
La recolección de la información anteriormente mencionada permite tener una visión más global y objetiva acerca de la sexualidad en las PCDF; si bien muchas de las investigaciones y artículos brindan datos pertinentes, en su mayoría concuerdan con la necesidad de no invisibilizar esta dimensión de la persona, abordando sus distintos elementos paulatinamente a través de la educación sexual brindada en el hogar y en sus principales contextos, con el fin de que las PCDF puedan desarrollarla y vivirla satisfactoriamente.
Seguido a esto, y a la vista de la información abordada, podemos recalcar la importancia de la relación encontrada entre los conceptos y las vertientes de la sexualidad y la diversidad funcional; por lo general, las definiciones que se han construido con el tiempo, como concepto mental en la sociedad, se pueden percibir y relacionar de manera automática con las vivencias sexuales de los individuos que no poseen alguna diversidad funcional. Es por esto que, dentro de cada apartado se refuerza la relación de la conceptualización en la dimensión sexual junto a la diversidad funcional, para que así el lector pueda romper esa creencia y su percepción conceptual frente a este tema se amplíe a los nichos poblacionales que se consideran vulnerables.
Siguiendo esta línea, vale resaltar los aportes de Alonso y Muyor (2020) y de Martínez (2020). Además de presentar herramientas sexuales para las PCDF, ofrecen guías y alternativas prácticas ajustadas a cada tipo de discapacidad.
Con ello, se rompe la idea de que existen pocas opciones y, por tanto, de que no es posible experimentar en la dimensión sexual. Aunque ha habido avances en la inclusión de la sexualidad en esta población, aún queda mucho camino por recorrer.
Promover la temática y la investigación permite un acercamiento más objetivo a la realidad de las PCDF. También facilita el acceso a herramientas necesarias para la intervención en el ámbito sexual y favorece comprender la sexualidad como una puerta hacia la inclusión social.
Por otra parte, resulta pertinente resaltar la postura de autores como Velázquez et al. (2013) y Alonso y Muyor (2020), dada la dicotomía presente en sus aportes.
Si bien es importante trabajar la conducta sexual de manera directa, como propone la psicología conductista, esta no debería ser el eje central. La composición emocional y racional del ser humano, así como su necesidad de interacción social, exigen una mirada más amplia.
En contraposición, la psicología social y la psicosexología proponen centrarse, además de en los comportamientos, en la búsqueda de alternativas y herramientas que permitan una vida sexual acorde con las necesidades subjetivas y con la discapacidad de cada persona. El objetivo es promover armonía entre las principales dimensiones de la persona.
En este sentido, el trabajo interdisciplinario entre ambas posturas facilitaría una mayor coherencia en la búsqueda del desarrollo óptimo de la sexualidad en las PCDF y favorecería un impacto social más amplio.
Por último, es evidente que se debe brindar educación sexual no solo a esta población, sino a todas las personas de la sociedad, con el fin de romper con los mitos alrededor de las capacidades y potencialidades que tienen estos individuos, puesto que, como bien lo mencionan Muñoz et al. (2016) y Ponsa et al. (2018), la educación sexual se convierte no solo en una herramienta sino en una necesidad, ya que ofrece a nivel colectivo una contextualización frente a la diversidad funcional y a la sexualidad, desmitificando paulatinamente las limitaciones que tienen estas personas en su cotidianidad y al interior de sus dinámicas sexuales.
Adicionalmente, a nivel individual se ofrece un entendimiento completo de la dificultad o limitación que el individuo presenta con el fin de que este pueda conocer más a profundidad el impacto que tiene sobre su autoconcepto, autonomía y libertad, lo que le permitirá decidir sobre su rol de género, orientación sexual y prácticas sexuales; esto a su vez, se nutre del rol del psicólogo y de la asistencia sexual dentro de este acompañamiento interdisciplinar, puesto que le lleva a fortalecer su relación consigo mismo y con los demás.
Para concluir, la idea de poder brindar toda esta información es neutralizar aquellos discursos sobre la sexualidad de las PCDF, en los que se recalca la carencia y la limitación, enfocándose en las experiencias subjetivas de su sexualidad que le permiten desde ese contexto buscar nuevos caminos. Las investigaciones que se presten al desarrollo de esta temática ayudarán a contribuir a la mejora de la calidad de vida de estas personas; esto supone la lucha por el derecho de elección, justicia y participación social.
Adicionalmente, se recalca la importancia de garantizar sus derechos sexuales y reproductivos, partiendo inicialmente de su reconocimiento como seres sexuados que están en capacidad de decidir y disfrutar su sexualidad y, asimismo, prestar relevancia a la necesidad de fomentar una educación sexual adecuada, con el fin de promover la expresión y desarrollo apropiado de las distintas facetas de su sexualidad.
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